Evidentemente, hay casos excepcionales en los que alguna desgracia o las malas acciones de otros parecen abatir la pobreza sobre alguien, ya sea debido a circunstancias incontrolables en su propia vida o a la acción de otros.

Sin embargo, en la amplia mayoría de los casos, la pobreza del hombre en términos materiales es el resultado natural e inevitable de la pobreza de su pensamiento, emoción y voluntad. La pobreza mental es el padre y la madre de la que sufre en sus bienes materiales. Las condiciones externas de la vida de una persona son un reflejo de su universo mental.

Esta perspectiva ayudará al estudiante a la hora de diagnosticar meticulosamente el estado de su pensamiento y llevar su maquinaria mental a tal estado de eficacia que toda su personalidad asuma un carácter más noble, con el resultado natural de que sus condiciones externas reflejarán su mentalidad mejorada.

Eliminar ideas, ideales y estados anímicos erróneos

Entre las nociones erróneas que será necesario erradicar de la mente se encuentra el pensamiento (fácil de hallar en la falsa enseñanza religiosa) de que la posesión de mucho dinero no está en armonía con la verdadera religión. Es muy cierto que el amor al dinero es la raíz del mal, y que muchos de los que poseen una gran fortuna sucumben a la tentación de descuidar sus intereses espirituales. Pero se advierte que el hecho de que el dinero anhelado y venerado, así como el amasado por la mezquina avaricia, son grandes males y la fuente de muchas tentaciones, por su parte la pobreza también tiene sus peculiares maldades y tentaciones, y que en la vida no hay una postura libre de tentación, mientras que toda bendición puede transformarse, en virtud del abuso, en una maldición. Ten presente también, como se ha dicho anteriormente, que el evidente propósito de la naturaleza es la abundancia y no la pobreza, de modo que mientras que podamos decir que Dios es el creador de la generosidad y la abundancia, y que la ley de la naturaleza es, sin duda alguna, la opulencia, nadie podrá afirmar que Dios es el creador de la pobreza. El fin al que apunta la naturaleza es la abundancia para todos, y si debemos encontrar un origen para la pobreza nunca podremos elevarlo al propósito divino. La idea de que la enfermedad, el sufrimiento y la pobreza están de alguna manera necesariamente relacionados con la vida religiosa es una de las más falsas enseñanzas jamás impartidas en nombre de la religión. Dios es el creador de la salud, la felicidad, la riqueza y la sabiduría, y la enfermedad, la desgracia, la pobreza y la ignorancia son producto de nuestra condición no desarrollada o el resultado de nuestra negligencia. Ninguna vida bajo la frustrante influencia de la pobreza puede poner a prueba la «vida abundante», la vida plena, simétrica y generosa que deseamos todos. El demonio de la angustia y sus aliados han de ser derrotados si pretendes asegurar la paz y calma interior tan necesarias para el trabajo y el pensamiento eficientes. Hoy en día la psicología pregona a los cuatro vientos que la víctima de la angustia, la ira, la envidia o el temor no puede disfrutar de la salud. Junto a ellas, hemos de colocar la irresolución, la timidez, la depresión y la falta de confianza en uno mismo entre las emociones negativas.

Estas emociones agotan la energía vital y dejan al hombre con una energía residual para afrontar las pertinaces ordalías de la vida. La gente padece un mayor agotamiento y postración por los males que temen y nunca ocurren que por los que en realidad se materializan en su vida. En el funeral de un anciano se dijo de él: «Tuvo muchos problemas en la vida, y la mayor parte de ellos nunca llegaron a ocurrir». ¿No provoca acaso una lástima infinita que el tiempo y la energía que deberían utilizarse en grandes logros para nosotros mismos y el mundo se dilapiden a menudo en la angustia, el temor o la envidia con el único resultado de debilidad, sufrimiento y las oportunidades de ser útil perdidas? El temor ha sido llamado el verdadero «duende de la raza». Magnifica a nuestros enemigos y minimiza a nuestros amigos. Continuamente nos dice: «¡Hay un león en el camino!». Es el lamento del cobarde sirviente de Eliseo: «¡Ay, maestro! ¿Qué haremos?». Ve los enemigos y las dificultades, y los amplía hasta proporciones gigantescas. A «los llorosos y los incrédulos» les aguarda el mismo destino según las escrituras. El conjunto del progreso de la humanidad, tanto a escala nacional como individualmente, es un  progreso desde el dominio del temor hasta el reino de la fe. ¡El temor posee un extraño poder magnético –un poder de pensamiento creativo–, capaz de materializar en nuestra vida exterior las situaciones más temidas! Parece ser un imán de gran fuerza que arrastra a la órbita de la vida el propio objeto temido en la mente: «Aquello que temía es lo que me encontré». La fe, por otra parte, dice con Eliseo: «Quienes están con nosotros son más que los que están contra nosotros». La fe considera que las huestes angélicas están listas para ayudarnos en momentos de necesidad. Que el estudiante recuerde el axioma: «El pensamiento toma forma en la acción y el ser».

El modo de expulsar la angustia o el temor

En lugar de centrar nuestros pensamientos en la angustia, los temores, las dudas y la irresolución, que constituyen el veneno mental del hombre, el método correcto consiste en olvidar que estas emociones nos han controlado y poner todo nuestro esfuerzo mental en cultivar sus antídotos: paz, confianza, fe, resolución y valor. El poder de expulsar una idea o afecto nuevo o contrario es reconocido por todos los psicólogos, y desde el punto de vista de la «ciencia mental» no deberíamos permitir que nuestra mente se hunda en pensamientos u objetos indeseables. Piensa en la salud, no en la enfermedad; en el éxito, no en el fracaso; en el valor, no en el temor; en la fe, no en la duda; en el bien creciente que llegará a tu vida, no en el mal. En especial es necesario estimular y reforzar la fe, que no es una mera creencia o asentimiento a la comprensión de ciertos principios, sino como expresa Edward E. Beals: «La fe es el tranvía al que subimos para llegar a las Grandes Fuerzas de la vida y a la naturaleza, gracias al cual recibimos la afluencia de la energía que está detrás, y en todas las cosas, y somos capaces de aplicar esa energía a la gestión de nuestros propios intereses». El ejemplo es acertado y contundente. La fe es el vínculo vital de conexión entre el alma del hombre y la Infinita Fuente de dádivas. Es mucho más. Es quien dispara las fuerzas latentes en el alma del hombre. Descubre, para el enfermo, la fuente de aguas curativas en el alma e inunda toda la naturaleza espiritual con nueva vida y energía. Al débil le da fuerzas; al tímido, valor; al desesperado, esperanza. La fe abre la visión interior

del alma y revela las realidades del mundo espiritual, que al ser admitidas y esperadas pacientemente, tienen el extraño poder de materializarse en las condiciones vitales externas. Hemos de cultivar con diligencia la fe en nosotros mismos. Nunca nadie llega a alcanzar el verdadero éxito si está marcado por su propia debilidad o inferioridad. Son los que tienen esperanza y confían en ellos mismos los que portan la vibración del pensamiento «puedo y voy a hacerlo», que da la victoria en la batalla de la vida. Si un hombre pudiera confinar la pobre opinión que tiene de sí mismo en la estricta frontera de su ser, esto lo paralizaría en su vida laboral, en gran medida porque los pensamientos temerosos, por muy celosamente que se pretenda ocultarlos en el lenguaje o el comportamiento, crean una atmósfera de duda, timidez y miedo que se irradia a las mentes de quienes entran en contacto con él. Los pensamientos y estados anímicos son contagiosos. Ningún hombre puede reservarlos exclusivamente para sí. El aura de negatividad, duda e irresolución con que muchos hombres se rodean encuentra su camino hacia otras mentes y se convierte en una barrera para el éxito en todas partes.

Sin embargo, esta falta de confianza en las propias capacidades es más catastrófica en sus efectos hacia uno mismo como una helada que matara todos los planes en ciernes, todo propósito y esperanza, tan fundamentales para el éxito. Libérate, te lo ruego, de todas las falsas ideas relativas a las limitaciones de tu propia fuerza, pues aunque es bastante cierto que sólo has desarrollado estos poderes de forma muy limitada, y que hay una gran diferencia entre tu vida y las «vidas de los grandes hombres», recuerda que no existe límite en absoluto al grado en el que pueden desplegarse tus fuerzas. Estás conectado vitalmente al lugar donde se halla la sabiduría divina, energía y fuerza, de los que puedes aprovecharte a voluntad y sin límite, pues «en Dios vivimos y tenemos nuestro ser». Por lo tanto, en tu naturaleza dispones potencialmente de más capacidad, en esencia y sin utilizar, de la que todos los hombres de todas las eras han mostrado jamás. Cultiva, asimismo, la fe en «la fuerza que alienta la rectitud», en la sabiduría y ayuda angelical, en una Inteligencia Rectora Superior, en el «destino» o en tu «estrella guía», como hicieron las grandes almas que han sido líderes mundiales.

Cultiva, también, una fe absoluta en las leyes (que ahora estás dominando) del éxito financiero, y recuerda que el trono de Dios no es tan estable, la rotación del sol no es tan segura y la ley de la gravitación no es tan fija como lo es la operación de las leyes inamovibles del crecimiento financiero. Con fe en ti mismo, en tus compañeros, en la ley, mantén la cabeza erguida, impón a tu propia alma el dominio de tu personalidad, y con la confianza del espíritu del «puedo y lo haré», ingresa en la palestra de la vida. Helen Wilmans, de cuya notable evolución tendré otras cosas que decir más adelante, afirma: «Cambié del todo mi forma de ser. Dejé de ser un harapo fláccido y pasé a ser lo suficientemente positiva como para dominar todo cuanto me rodeaba». En otro lugar revela: «Llegué a ser como un Dios y supe que ninguna fuerza podía volverse contra mí».

Reclama para ti fuerza y sabiduría ilimitadas

Hasta que un hombre lanza al menos una ojeada a las profundidades de la naturaleza humana, no podrá realizarse a sí mismo o desarrollar las posibilidades de la vida. Mientras se mida a sí mismo y ponga coto a sus fuerzas, limitará sus logros y todas sus expresiones vitales. La visión correcta es que nadie puede medir la grandeza del hombre (es decir, tu grandeza), así como no puede poner límites a la grandeza de Dios. El hombre, como hijo de Dios, fundado en una progresión eterna, es, al menos en germen, un dios, y cuanto más clara sea su visión de esta verdad, y más constante sea su reconocimiento de este hecho, antes se manifestará la divinidad en su vida y en su personalidad. Todo individuo (y esto te incluye a ti) contiene en esencia no sólo los atributos de la grandeza humana (todo el talento, habilidad y genio de que los hombres han hecho gala en la historia), sino también la plenitud de la divinidad. La raza humana forma parte de los dioses. Por lo tanto, dispones no sólo de un talento, sino del conjunto de las dotes humanas. Dispones de genio, que no es sino energía concentrada y tenaz voluntad de poder. Dispones de «todo el poder», tal como Jesús dijo de sí mismo. Eres más que capaz de prevalecer. Retén este pensamiento: conduce al éxito.