Sharru Nada, el príncipe mercader de Babilonia, avanzaba orgulloso a la cabeza de su caravana. Le gustaban los tejidos finos y llevaba ropas caras y favorecedoras. Le gustaban los animales de raza y montaba con agilidad en su semental árabe. Era difícil adivinar su avanzada edad al mirarlo. Ciertamente nadie habría podido sospechar que estaba atormentado interiormente.

El viaje a Damasco había sido largo y las dificultades numerosas. No le preocupaba, las tribus árabes eran feroces y estaban ávidas de saquear sus ricas caravanas, pero no. tenía miedo porque sus numerosas tropas de guardia le aseguraban una buena protección.

Estaba trastornado por la presencia de aquel joven a su lado que traía de Damasco. Era Hadan Gala, el nieto de su socio de hacía años, Arad Gula, a quien debía una eterna gratitud. Quería hacer alguna cosa por su nieto pero cuanto más pensaba en ello, más difícil le parecía, justamente a causa del joven.

-Cree que las joyas son adecuadas para los hombres pensó mirando los anillos y pendientes del joven-, y sin embargo tiene el rostro enérgico de su abuelo. Pero él no llevaba ropas de colores tan llamativos. Lo he invitado a venir conmigo esperando poderle ayudar a hacerse una fortuna y a huir del derroche con que su padre ha gastado su herencia.

Hadan Gula puso fin a sus reflexiones.

-¿Para qué trabajáis tan duramente, siempre de un lado a otro con vuestra caravana haciendo largos viajes? ¿Nunca os tomáis un tiempo para gozar de la vida?

-¿Gozar de la vida? -repitió sonriendo Sharru Nada- ¿Qué harías tú para gozar de la vida si fueras Sharru Nada?

-Si tuviera una fortuna como la vuestra viviría como un príncipe. Nunca atravesaría el desierto, gastaría los shekeles tan rápido como cayeran a mi bolsa, llevaría las ropas más caras y las joyas más raras. Esa sería una vida de mi agrado, un vida que merecería la pena de ser vivida -los dos hombres rieron.

-Tu abuelo no llevaba joyas -Sharru Nada había hablado sin pensar, luego continuó en tono de broma-. ¿Y no dejarías un tiempo para trabajar?

-El trabajo está hecho para los esclavos -respondió Hadan Gula. Sharru Nada se mordió los labios pero no respondió, condujo en silencio hasta que el camino los llevó hasta una cuesta. Allí frenó su montura y señaló hacia el lejano valle verde.

-Mira el valle, mira más lejos y podrás ver las murallas de Babilonia. La torre es el templo de Bel. Si tu vista es aguda, podrás incluso ver el humo del fuego eterno en lo más alto.

Así, ¿aquello es Babilonia? Siempre he deseado ardientemente ver la ciudad más rica del mundo –comento Hadan Gula-. Allí donde mi abuelo empezó a levantar su fortuna. Si todavía estuviera vivo, no estaríamos ahora dolorosamente oprimidos.

-¿Por qué deseas que su espíritu permanezca en la tierra más allá del tiempo que le correspondía? Tú y tu padre podéis culminar su trabajo.

-Desgraciadamente ninguno de los dos tenemos sus dones. Mi padre y yo no conocemos el secreto para atra­er los shekeles de oro.

Sharru Nada no respondió pero aflojó las bridas de su montura y bajó, pensativo, por el sendero que llevaba al valle. La caravana los seguía envuelta en una nube roja de polvo. Más tarde llegaron al camino real y tomando rumbo hacia el sur, atravesaron tierras irrigadas.

Tres viejos que trabajaban en un campo llamaron la atención de Sharru Nada. Le parecían extrañamente familiares, ¡qué ridículo! No se pasa cuarenta años más tarde por un campo y se encuentran los mismos labradores. Sin embargo, algo le decía que eran los mismos. Uno de ellos sostenía débilmente el arado, los otros dos, al lado de los bueyes se esforzaban, pegándoles en vano para que continuaran avanzando.

Cuarenta años antes él había envidiado a esos hombres, ¡qué gustoso habría cambiado con ellos de lugar! Pero qué diferencia, ahora. Se volvió para mirar su caravana con orgullo, sus camellos y asnos bien elegidos y pesadamente cargados de mercancías valiosas-provenientes de Damasco, todos aquellos bienes menos uno le pertenecían.

Señaló a los labradores diciendo.

-Aran el mismo campo desde hace cuarenta años.

-Se deben parecer. ¿Qué os hace pensar que son los mismos?

-Ya los había visto aquí -respondió Sharru Nada.

Los recuerdos recorrieron rápidamente su pensamiento. ¿Por qué no podía vivir en el presente y enterrar el pasado? Vio entonces, como en una imagen, la cara sonriente de Arad Gula. La barrera entre él y aquel joven cínico que estaba a su lado cayó.

Pero ¿cómo podía ayudar a un joven soberbio con ideas de lujo y las manos cubiertas de joyas? Podía ofrecer trabajo en abundancia a hombres dispuestos a trabajar pero nada a los que consideraban que el trabajo era indigno de ellos. Pero debía a Arad Gula algo más concreto que una tentativa a medias. Arad Gula y él nunca habían hecho las cosas de esta manera, estaban hechos de otra madera.

Se le ocurrió un plan de manera repentina. No sería fácil. Debía considerar a su familia y su propio estatus. Sería cruel, haría daño. Pero como era un hombre de decisiones rápidas, abandonó sus objeciones y se determinó a actuar.

-¿Te gustaría saber cómo tu abuelo y yo formamos una sociedad que se revelaría tan ventajosa?

-¿Por qué no me cuentas sólo cómo conseguiste los shekeles de oro? Eso es lo único que necesito saber –replicó el joven.

-Comencemos por los hombres que están arando -continuó Sharru Nada ignorando su respuesta-. Yo no era más viejo que tú. Cuando la columna de hombres de la que yo formaba parte se acercaba a ellos, Megido el agricultor se burló de la manera en que labraban. Megido estaba encadenado a mi lado. Mira a esos tipos perezosos, protestó. El que aguanta el arado no hace fuerza para labrar profundamente, los otros no vigilan que los bueyes no salgan del surco, ¿cómo pueden esperar tener una buena cosecha si trabajan tan mal?

-¿Habéis dicho que Megido estaba encadenado a vuestro lado? preguntó Hadan Gula sorprendido.

-Sí, llevábamos un collar de bronce alrededor del cuello, una pesada cadena nos unía los unos a los otros. Cerca de él estaba Zabado, el ladrón de corderos que conocí en Harrun. En la punta, un hombre al que llamábamos Pirata, porque no quería decir su nombre. Habíamos pensado que era marinero porque tenía tatuadas en el pecho unas serpientes enroscadas, a la manera de los hombres de mar. La columna estaba organizada de manera que los hombres pudieran avanzar de cuatro en cuatro.

-¿Ibais encadenado como un esclavo? preguntó Hadan Gula incrédulo.

-¿Tu abuelo no te dijo que yo fui esclavo en un tiempo?

-Hablaba a menudo de vos pero nunca hizo alusión a eso.

-Era un hombre en el que podías confiar los más íntimos secretos. Tú también eres un hombre en el que se puede confiar, ¿verdad? -Sharru Nada le miró fijamente a los ojos.

-Podéis contar con mi silencio, pero estoy muy sorprendido. Contadme cómo llegasteis a ser esclavo.

-Cualquiera puede encontrarse en esa situación Sharru Nada se encogió de hombros-. Una casa de juego y la cerveza de cebada me llevaron a la-ruina. Pagué los delitos de mi hermano.

-Durante una pelea mató a su amigo, yo fui entregado a la viuda por mi desesperado padre para que mi hermano no fuera perseguido por la ley. Cuando mi padre no pudo conseguir dinero suficiente para liberarme, ella se enfadó y me vendió en el mercado de esclavos.

-¡Qué vergüenza y qué injusticia! -protestó Hadan Gula-. Pero decidme, ¿Cómo recuperasteis vuestra li­bertad?

-Ya llegaremos a eso, pero todavía no. Continuemos la historia. Cuando pasamos ante ellos, los labradores se mofaron de nosotros. Uno de ellos se quitó el sombrero y nos saludó inclinándose.

»»Bienvenidos a Babilonia, gritó, invitados del rey. Os espera en las murallas de la ciudad, donde el banquete ya está servido, ladrillos de barro y sopa de cebollas» y rieron a mandíbula batiente.

»Pirata se enfureció y les maldijo.

»»¿Qué quiere decir eso de que el rey nos espera en las murallas?» pregunté.

»»En las murallas de la ciudad tendremos que llevar ladrillos hasta que se nos quiebre el espinazo, o tal vez nos peguen hasta la muerte antes de eso.»

»»¿Quién quiere trabajar duramente? comentó Zabado. Esos labradores son listos y no se rompen la espalda, sólo lo hacen ver.»

»»No se puede prosperar siendo un gandul, protestó Megido. Si labras una hectárea, habrás hecho una buena jornada de trabajo y da lo mismo si tu amo lo sabe o no. Pero si sólo haces la mitad, eres un gandul. Yo no lo soy, me gusta trabajar y hacerlo bien pues el trabajo es el mejor amigo que he conocido. Me ha dado toda las cosas buenas que tengo: mi granja y mis vacas, mis cosechas, todo.»

»»¿Y dónde están todas estas cosas ahora? se burló Zabado. Creo que es más provechoso ser inteligente y pasar desapercibido sin trabajar. Mírame a mí, cuando nos ,vendan, yo transportaré agua o haré algún otra tarea fácil, mientras tú, que te gusta trabajar, te partirás el espinazo transportando ladrillos» y rió estúpidamente.

»Esa noche me invadió el terror, no podía dormir. Me acerqué a la línea de guardia y cuando los otro se hubieron dormido, llamé la atención de Godoso, que hacía el primer turno.

»Era uno de esos tunantes árabes, una especie de canalla que creía que si te robaba, además te tenía que cortar el cuello.

»»Dime, Godoso, le susurré, ¿nos venderán cuando lleguemos a las murallas de Babilonia?»

»»¿Para qué lo quieres saber?», preguntó prudentemente.

»»¿No lo entiendes? le supliqué. Soy joven y quiero vivir. No quiero ser hostigado o azotado hasta la muerte. ¿Tengo posibilidades de tener un buen amo?»

»»Voy a decirte algo, me susurró en respuesta. Tú eres un buen tipo, no me das problemas. La mayoría de las veces somos los primeros en ir al mercado de esclavos. Escucha ahora: cuando vengan los compradores, diles que eres un buen trabajador, que te gusta trabajar duro y para un buen amo. Si no los animas a comprarte, el día siguiente te encontrarás llevando ladrillos, un trabajo agotador.»

»Después se alejó. Me tumbé en la arena caliente mirando las estrellas y pensando en el trabajo. Aquello que -había dicho Megido de que el trabajo era su mejor amigo me hizo preguntarme si también sería el mío. Verdaderamente lo sería si me ayudaba a liberarme.

»Cuando Megido se despertó, le susurré la buena noticia. Un brillo de esperanza nos acompañó de camino a Babilonia. A media tarde nos íbamos acercando a las murallas y podíamos ver las filas de hombres parecidos a hormigas negras que escalaban por los escarpados senderos. Al aproximarnos, quedamos sorprendidos de ver a miles de hombres que trabajaban, algunos cavaban los fosos, otros transformaban la tierra en ladrillos de barro. La mayoría carreteaba ladrillos en grandes cestas por los empinados caminos hasta donde se encontraban los albañiles.

»Los vigilantes insultaban a los rezagados y hacían chasquear los látigos en la espalda de los que se salían de la fila. Algunos pobres hombres agotados se tambaleaban y caían bajo las pesadas cestas, incapaces de levan­tarse. Si los latigazos no podían ponerlos de pie, los apartaban de las filas y los dejaban de lado. Pronto caerían cuesta abajo, con los demás cuerpos de esclavos que esperaban junto al camino una sepultura sin bendecir. Me estremecí mirando esta escena, aquello es lo que esperaba al hijo de mi padre si no tenía éxito en el mercado de esclavos.

»Godoso tenía razón. Atravesamos las puertas de la ciudad y nos dirigimos hacia la prisión de esclavos, a la mañana siguiente nos condujeron al recinto del mercado. Allí, los demás esclavos se apretaban asustados los unos contra los otros y sólo los látigos conseguían que se movieran para que los vieran los compradores. Megido y yo hablábamos animadamente con todos los hombres que nos lo permitían.

* Las famosas construcciones de la antigua Babilonia, las murallas, los templos, los jardines colgantes y los grandes canales fueron posibles gracias al trabajo de esclavos, principalmente prisioneros de guerra, lo que explica el trato inhumano que recibían. Algunos también eran ciudadanos de Babilonia y sus provincias, vendidos como esclavos a causa de delitos que hubieran cometido o de problemas financieros. Era costumbre que los hombres se ofrecieran a sí mismos o a sus familias para garantizar el pago de préstamos, juicios legales y otras obligaciones. Por lo que en caso de impago, las personas afectadas podrán ser vendidas como esclavos.

»El vendedor de esclavos llamó a los soldados de la guardia real, que encadenaron a Pirata y le pegaron brutalmente en cuanto protestó. Cuando se lo llevaron sentí pena por él.

»Megido presintió que pronto nos separaríamos y cuando no teníamos compradores cerca me hablaba seriamente para hacerme comprender hasta qué punto sería importante el trabajo en mi futuro. «Algunos hombres lo detestan. Lo hacen su enemigo. Es mejor que lo trates como a un amigo, hacer que te quiera. No te preocupes si es duro. Cuando quieres construir una buena casa, no te importa si las vigas son pesadas o si el pozo del que sacas el agua para el yeso está lejos. Prométeme, muchacho, que, si tienes un amo, trabajarás para él tanto como puedas. No te inquietes si él no aprecia tu trabajo. Recuerda que el trabajo bien hecho hace bien al que lo realiza, lo convierte en un hombre mejor.» Aquí se paró porque un corpulento agricultor venía hacia la valla para mirarnos con interés.

»Megido le preguntó sobre su granja y sus cultivos, convenciéndolo de que le sería de gran utilidad. Tras un violento regateo con el vendedor de esclavos, el granjero sacó una gran bolsa de oro de entre sus ropas y poco después Megido seguía a su nuevo amo y desaparecía.

Otros hombres fueron vendidos durante la mañana. A mediodía Godoso me confió que el vendedor-estaba ya harto y que no pasaría una noche más allí sino que al atardecer llevaría el resto de esclavos al comprador del rey. Yo ya estaba desesperando de mi suerte cuando un hombre gordo y de aspecto amable se acercó al muro y preguntó si entre nosotros había algún pastelero.

»»¿Para qué un buen pastelero como vos necesita un pastelero de calidad inferior? le dije acercándome. ¿No sería más fácil enseñar a un hombre de buena voluntad como yo los secretos de vuestro oficio? Miradme: soy joven, fuerte y me gusta trabajar. Dadme una oportunidad y haré todo lo que pueda para llenar de oro vuestra bolsa.»

»Quedó impresionado por mi buena voluntad y comenzó a regatear con el vendedor. Este nunca se había fijado en mí desde que me compró, pero ahora alababa con gran elocuencia mis virtudes, mi buena salud y mi buen carácter. Me sentí como un buey cebado que vendieran a un carnicero. Para mi gran alegría, al final se cerró el trato y me fui con mi nuevo amo pensando que era el hombre más afortunado de Babilonia.

»Mi nueva casa era de mi agrado. Nana-naid, mi amo, me enseñó a moler la cebada en un cuenco de piedra del pato, a hacer un fuego en el horno y finalmente a moler muy fina la harina de sésamo para hacer los pasteles de miel. Yo dormía en el granero en que guardaba el cereal. La vieja esclava, la criada Swasti, me alimentaba bien y estaba contenta de que le ayudara a hacer las tareas más difíciles.

»Esa era la oportunidad de ser útil a mi amo que había deseado ardientemente y en ella esperaba encontrar una vía para ganar mi libertad.

»Pedí a Nana-naid que me enseñara a amasar y cocer el pan, y lo hizo, contento por mi buena voluntad. Más tarde, cuando ya dominaba estas técnicas le pedí que me mostrara cómo hacer los pasteles de miel y pronto hice toda la pastelería. Mi amo estaba contento de poder no hacer nada pero Swasti sacudía la cabeza en signo de desaprobación. «No es bueno para ningún hombre estar sin trabajar», declaraba.

»Pensé que era el momento de empezar a pensar en una manera de ganar las monedas para comprar mi libertad. Como acababa mi trabajo a mediodía, pensé que Nana-naid estaría de acuerdo en que buscara un empleo provechoso para las tardes, trabajo del que podríamos compartir los beneficios. Después tuve una idea: ¿por qué no hacer más pasteles de miel y venderlos a los hombres hambrientos en las calles de la ciudad?

»Presenté mi plan a Nana-naid de la siguiente manera: «Si una vez haya terminado la pastelería, puedo disponer de mis tardes para haceros ganar más dinero a vos, ¿no sería justo que compartierais parte de las ganancias conmigo? Así tendré un dinero propio para poder comprar las cosas que todo hombre desea y necesita.»

»»Es bastante justo», admitió. Cuando le presenté mi plan para vender pasteles de miel, estuvo muy contento. «Mira qué haremos, sugirió. Los venderás a un céntimo el par; me devolverás la mitad de lo que ganes para pagar la harina, la miel y la leña necesaria para cocerlos. Yo me quedaré con la mitad del resto y la otra mitad será para ti.»

»Estaba bien contento de aquella generosa oferta que consistía en darme la cuarta parte de mis ventas. Aquella noche trabajé hasta tarde para fabricar una bandeja sobre la que colocar los pasteles. Nana-naid me dio uno de sus vestidos usados para que tuviera un aspecto decente y Swasti me ayudó a apetacharlo y lavarlo.

»El día siguiente hice una cantidad de más de pasteles de miel. Comencé a anunciar mi mercancía paseándome por la calle, los pasteles tenían aspecto de estar bien cocidos y ser apetitosos. A1 principio nadie parecía interesado y me desanimé, pero continué y cuando más tarde los hombres tuvieron hambre, empezaron a comprar y muy pronto la bandeja estaba vacía.

»Nana-naid estaba muy contento de mi éxito y me pagó mi parte gustoso. Yo estaba encantado de tener algún dinero. Megido tenía razón cuando decía que el amo aprecia los trabajos de un buen esclavo. Aquella noche estaba tan excitado por mi éxito que apenas pude dormir e intenté calcular cuánto podía ganar en un año y cuántos años necesitaría para comprar mi libertad.

»Pronto encontré clientes regulares paseándome con la bandeja de pasteles. Uno de ellos no era otro que tu abuelo, Arad Gula. Era vendedor de alfombras y las vendía a las amas de casa. Iba de un extremo a otro de la ciudad acompañado de un burro cargado de alfombras y de un esclavo negro que lo cuidaba. Compraba dos pasteles para él y dos para su esclavo, siempre se entretenía a hablar conmigo mientras los comían.

»Tu abuelo me dijo una cosa que recordaré siempre: «Me gustan tus pasteles, muchacho, pero me gusta aún más el ardor con que los vendes. Un espíritu así te puede llevar muy lejos en el camino del éxito.»

»¿Puedes comprender, Hadan Gula, lo que esas palabras de aliento significaron para un joven esclavo, solo en una gran ciudad, que luchaba contra sí mismo para encontrar una puerta de salida a su humillación?

»A medida que los meses pasaban, iba engrosando mi bolsa, que empezaba a tener un peso reconfortante colgada de mi cinturón. El trabajo se había convertido en mi mejor amigo, como había predicho Megido. Yo estaba fe­liz pero Swasti se mostraba intranquila.

»»Temo por tu amo, pasa demasiado tiempo en las casas de juego», protestaba.

»Un día me invadió la felicidad al encontrar a mi amigo Megido en la calle. Llevaba tres asnos cargados de verduras al mercado. «Estoy muy bien, dijo, mi amo aprecia mi trabajo y ya soy capataz. Mira, me confía los productos que vende en el mercado e incluso ha reclamado a mi familia. El trabajo me ayuda a recuperarme de mi gran desgracia y algún día me ayudará también a comprar mi libertad y a volver a tener una granja.»

»Pasó el tiempo y cada día Nana-naid tenía más prisas por verme llegar después de mi venta. Esperaba mi vuelta, contaba impaciente el dinero y lo dividía. Me presionaba para que buscara nuevos clientes y aumentara mis ventas.

»A menudo iba más allá de las puertas de la ciudad para buscar a los vigilantes de los esclavos que construían las murallas de la ciudad. Detestaba ver aquellas escenas desagradables pero encontraba que los vigilantes eran compradores generosos. Un día vi sorprendido a Zabado que esperaba en fila para llenar de ladrillos su cesto. Estaba flaco y encorvado y su espalda estaba llena de cicatrices y llagas producidas por los látigos de los vigilantes. Me dio pena y le di un pastel que aplastó contra su boca como un animal famélico. Viendo el ansia que se reflejaba en su mirada, corrí antes de que pudiera atrapar mi bandeja.

».»¿Por qué trabajas tan duramente?», me preguntó un día Arad Gula, casi la misma pregunta que tú me has hecho hoy, ¿te acuerdas? Le dije lo que me había contado Megido sobre el trabajo y cómo había resultado ser mi mejor amigo. Le enseñé con orgullo mi bolsa de monedas y le dije que ahorraba para comprar mi libertad.

»»¿Qué harás cuando seas libre?», preguntó.

»»Tengo la intención de hacerme mercader», respondí.

»Entonces me confió algo que nunca había sospechado. Tú no sabes que yo también soy esclavo, soy socio de mi amo.

»Calla -ordenó Hadan Gula-, no escucharé mentiras difamatorias sobre mi abuelo. No era ningún esclavo.

»Sus ojos brillaban de cólera.

»Sharru Nada permaneció en calma.

»Lo honro por haberse elevado desde su desgracia y haberse convertido en un gran ciudadano de Damasco. ¿Y tú, su nieto, estás hecho de la misma madera? ¿Eres tan hombre como para hacer frente a la realidad o prefieres vivir con falsas ilusiones?

»Hadan Gula se irguió en la silla, y respondió con la voz ahogada por una profunda emoción.

»Todo el mundo amaba a mi abuelo, sus buenas acciones fueron incontables. ¿No fue él quien, cuando llegó el hambre, compró grano en Egipto y lo transportó en su caravana para distribuirlo entre la gente y que así no mu­rieran de hambre? ¿Por qué decís que no era más que un despreciable esclavo de Babilonia?

»Si siempre hubiera sido un esclavo, tal vez habría sido despreciable, pero cuando, gracias a su esfuerzo se convirtió en un gran hombre en Damasco, seguro que los dioses le perdonaron sus desgracias y lo honraron con su respeto -respondió Sharru Nada.

»Tras decirme que era un esclavo me dijo hasta qué punto ansiaba recobrar su libertad. Ahora que poseía suficiente dinero para comprarla, estaba preocupado por lo que haría en el futuro. Ya no hacía buenas ventas como antes y temía el momento en que careciera del apoyo de su amo.

»Me indigné por su indecisión. «No te ates más a tu amo. Encuentra de nuevo la sensación de ser un hombre libre.- Actúa como tal y triunfa como tal. Decide qué es lo que quieres conseguir y el trabajo te ayudará a conseguirlo.» Continuó su camino diciéndome que estaba contento de que lo hubiera hecho avergonzarse por su cobardía.

»Un día fui fuera de las murallas y me extrañó ver allí un gran gentío. Cuando pregunté a un hombre qué pasaba me respondió: «¿No lo has oído? Han llevado ante la justicia a un esclavo fugitivo que había matado a un guardián y lo flagelarán hasta la muerte. Incluso el rey en persona estará presente.»

»El gentío era tan numeroso cerca del poste de flagelación que temí acercarme más por miedo a que volcaran mi bandeja de pasteles de miel. Entonces subí a la muralla inacabada para mirar por encima de las cabezas. Tuve la suerte de ver a Nabuconodosor en persona que avanzaba en su carro dorado. Jamás había visto una magnificencia tal, ropas semejantes, paños de tejido dorado guarnecidos de terciopelo como aquellos.

»No pude ver la flagelación, pero pude oír los gritos desgarradores del pobre esclavo. Me pregunté cómo al­guien tan noble como nuestro noble rey podía aceptar ver un sufrimiento tal; pero cuando vi que reía y bromeaba con sus nobles, supe que era cruel y entendí por qué imponían a los esclavos que construían las murallas aquellas inhumanas tareas.

»Una vez muerto el esclavo, colgaron su cuerpo de una pierna en el poste para que todo el mundo pudiera verlo. Cuando la muchedumbre se comenzó a dispersar, me acerqué a él, sobre su pecho reconocí el tatuaje de las dos serpientes abrazadas. Era Pirata.

* Las costumbres de los esclavos de la antigua Babilonia, aunque nos parezcan contradictorias, estaban severamente por la ley. Un esclavo, por ejemplo, podía poseer bienes de todo tipo, incluso otros esclavos sobre los que su amo no tenía ninguna potestad. Los esclavos se casaban libremente con no esclavos. Los hijos de mujeres libres eran libres. La mayoría de los comerciantes de la ciudad eran esclavos; muchos de estos tenían negocios con sus amos y eran ricos.

»Cuando volví a ver a Arad Gula, era ya otro hombre. Me recibió lleno de entusiasmo. «Mira al esclavo libre. Tus palabras fueron mágicas. Ya mis ventas y beneficios aumentan, mi mujer está encantada. Ella era un mujer libre, la sobrina de mi amo, y desea ardientemente que nos mudemos a un pueblo donde nadie sepa que yo he sido esclavo. De esta manera nuestros hijos estarán a salvo de todo reproche sobre la desgracia de su padre. El trabajo ha sido mi mejor ayuda, me ha hecho capaz de recuperar la confianza y la habilidad para vender.»

»Estaba encantado de haberlo podido ayudar aunque sólo hubiera sido para devolverle los ánimos que él me había dado.

»Una noche, Swasti vino a verme angustiada. «Tu amo está en problemas. Tengo miedo por él. Hace unos meses perdió mucho dinero en el juego, ya no paga al granjero la harina y la miel, ya no paga al prestamista. Y ahora están enfadados y lo amenazan.»

»»¿Por qué debemos preocuparnos por sus locuras?, dije sin pensar. No somos sus guardianes.»

»»Loco, no comprendes nada.» Ha dado tu título al prestamista como aval. Según la ley, puede reclamarte y venderte. No sé qué hacer, es un buen amo. ¿Por qué se ha de abatir sobre él una desgracia así?

»Los temores de Swasti eran fundamentados, mientras hacia los pasteles el día siguiente por la mañana, llegó el prestamista con un hombre que se llamaba Sasi. Ese hombre me miró y dijo que le parecía buen trato.

»El prestamista no esperó a que llegara mi amo y le dijo a Swasti que le informara de que me habían llevado. Con solo la ropa que tenía encima y mi bolsa fuertemente atada a mi cinturón, me obligaron a alejarme de los pasteles sin acabar.

»Me habían alejado de mis deseos más profundos como el huracán arranca el árbol del bosque y lo arroja en el tempestuoso mar. Una casa de juego y la cerveza de cebada me volvían a causar desgracias. »Sasi era brusco, tosco. Mientras me conducía a través de la ciudad, le iba contando el buen trabajo que había hecho para Nana-naid y le decía que esperaba hacer lo mismo por él. Su respuesta no me dio ningún ánimo.

»»No me gusta ese trabajo, ni tampoco a mi amo. El rey le ha ordenado que me envíe a construir una parte del Gran Canal. Mi amo me ha dicho que comprara más esclavos, que trabajara duro y que acabara rápidamente. ¿Cómo se puede acabar un trabajo tan enorme rápidamente?»

»Imagina el desierto sin árboles; tan sólo pequeños arbustos y un sol tan ardiente que el agua de nuestros ba­rriles se calentaba tanto que nos costaba poderla beber. Después imagina filas de hombres que bajan a un profundo agujero y suben arrastrando pesados cestos llenos de tierra por senderos polvorientos, de sol a sol. Imagina la comida servida en abrevaderos que usábamos como cerdos. No teníamos tiendas ni paja para las camas. En esta situación me encontré. Enterré mi bolsa en un sitio marcado preguntándome si algún día saldría de allí.

»Al principio trabajaba con buena voluntad, pero a medida que los meses pasaban, sentía cómo se me que­braba el alma. Luego la fiebre se apoderó de mi cuerpo contusionado. Perdí el apetito y apenas podía comer el cordero y las verduras que nos daban. Por la noche daba vueltas en mi camastro sin poderme dormir.

»En mi miseria me preguntaba si no era el mejor el plan de Zabado, holgazanear e intentar no partirse el es­pinazo trabajando. Entonces recordé la última vez que lo había visto y me di cuenta de que su plan no era bueno.

»En mi amargura pensé en Pirata y me pregunté si no era preferible luchar y matar. La memoria de su cuerpo ensangrentado me recordó que también su plan era inútil.

»Entonces me acordé de Megido, sus manos eran profundamente callosas a fuerza de trabajo pero su corazón estaba ligero y en su rostro había felicidad. Su plan era el mejor.

»Sin embargo, yo estaba tan dispuesto a trabajar como Megido; él no habría trabajado más duramente. ¿Por qué mi trabajo no me proporcionaba felicidad y éxito? ¿Era el trabajo lo que había dado la felicidad y el éxito a Megido

o estos eran bienes en manos de los dioses? ¿Trabajaría el resto de mi vida sin satisfacer mis deseos, sin éxito ni felicidad? Todas estas preguntas se agolpaban sin respuesta en mi mente. Estaba dolorosamente confuso.

»Varios días más tarde, cuando ya me creía al límite de mis fuerzas y mis preguntas continuaban sin respues­ta, Sasi me hizo buscar. Mi amo había hecho venir a un mensajero para llevarme a Babilonia. Cavé para recuperar mi precioso saquito, lo escondí entre mis harapos y partí.

»Al marchar, aquellos mismos pensamientos siguieron pasando raudos por mi cerebro febril, como un huracán dando vueltas a mi alrededor. Me pareció vivir la extraña ,letra de una canción de Harrun, mi ciudad natal:

Mira al hombre que como un torbellino
Se comporta como la tormenta
Que en su carrera nadie puede seguir
Y su destino nadie puede predecir.

»¿Era mi destino ser castigado por no sabía qué? ¿Qué miserias y decepciones me esperaban?

»Imagina mi sorpresa cuando, al llegar al patio de la casa de mi amo, vi a Arad Gula que me esperaba. Me ayudó a entrar y me abrazó como a un hermano perdido hace tiempo.

»Por el camino le habría seguido como un esclavo sigue a su amo, pero no me lo permitió. Pasó su brazo por mis hombros y me dijo: «Te busqué por todas partes. Cuando ya no tenía esperanzas, encontré a Swasti, quien me contó la historia del prestamista que me condujo hasta tu noble amo. El ha negociado con dureza y me ha hecho pagar un precio desorbitado pero tú lo vales. Tu filosofía y tu audacia han inspirado mi éxito actual.»

»»La filosofía de Megido, no la mía, interrumpí» «La de Megido y la tuya. Gracias a los dos, ahora vamos a Damasco, donde te necesito como socio. ¡Mira, exclamó, dentro de un momento serás un hombre libre!» Diciendo esto sacó del interior de su ropa una tablilla de barro que era mi título. La levantó por encima de su cabeza y la tiró con fuerza contra el pavimento de piedra para romperla en mil pedazos. Pisó con alegría los añicos hasta que quedaron reducidos a polvo.

»Mis ojos se llenaron de lágrimas de agradecimiento. Sabía que era el hombre más afortunado de Babilonia. ¿Ves? El momento de mayor angustia, el trabajo resultó ser mi mejor amigo. Mi buena voluntad de trabajar me permitió no tener que ir con los esclavos que construían las murallas. E impresionó a tu abuelo hasta el punto de que me quisiera hacer su socio.

»¿Entonces, el trabajo era la clave secreta de los shekeles de oro de mi abuelo? -preguntó Hadan Gula.

»Era la única que tenía cuando yo lo conocí -respondió Sharru Nada-. A tu abuelo le gustaba trabajar, los dioses apreciaron sus esfuerzos y lo recompensaron generosamente.

»Empiezo a entender -Hadan Gula hablaba mientras pensaba-. El trabajo atrajo a sus numerosos amigos que admiraban su perseverancia y el éxito que le proporcionaba. El trabajo le dio los honores que apreciaba tanto en Damasco. El trabajo le aportó todas esas cosas de la que he disfrutado. ¡Y yo creía que el trabajo era sólo para los esclavos!

»La vida está llena de numerosos placeres de los que puede gozar el hombre comentó Sharru Nada-, y cada uno tiene su lugar. Estoy contento de que el trabajo no esté sólo reservado a los esclavos. Si así fuera, me vería privado de mi mayor placer. Hay muchas cosas que me gustan, pero nada reemplaza al trabajo.

»Sharru Nada y Hadan Gula pasaron por la sombra de las elevadas murallas hacia las macizas puertas de bronce de Babilonia. A su llegada, los guardias de la puerta se pusieron firmes y saludaron respetuosamente al honorable ciudadano. Con la cabeza bien alta, Sharru Nada condujo la larga caravana a través de las puertas y por las calles de la ciudad.

»Siempre he querido ser un gran hombre como mi abuelo -le confió Hadan Gula-. Nunca había entendido qué clase de hombre era. Vos me lo habéis mostrado. Ahora lo entiendo, lo admiro aún más y me siento más determinado a convertirme en un hombre como él. Temo no poderos pagar nunca por haberme dado la auténtica clave de su éxito; a partir de hoy la usaré. Empezaré humildemente, como él, y eso será más acorde con mi verdadera condición que las joyas y las bellas ropas.

»Y diciendo esto, Hadan Gula retiró los anillos de sus dedos y los pendientes de sus orejas. Aflojó las riendas de su caballo, retrocedió unos pasos y se colocó tras el jefe de la caravana con un profundo respeto.»