¡Cincuenta monedas de oro! El fabricante de lanzas de la vieja Babilonia nunca había llevado tanto oro en su bolsa de cuero. Volvía feliz caminando a grandes zancadas por el camino real del palacio. El oro tintineaba ale­gremente en la bolsa que colgaba de su cinturón y se movía con un suave vaivén cada vez que daba un paso, era la música más dulce que jamás hubiera oído.

¡Cincuenta monedas de oro! Le costaba creer en su buena suerte. ¡Cuánto poder había en esas piezas que tintineaban! Podrían procurarle todo lo que quisiera: una casa enorme, tierras, un rebaño, camellos, caballos, carros, todo lo que deseara.

¿Qué haría con ellas? Aquella noche, mientras tomaba una calle transversal y apresuraba su paso hacia la casa de su hermana, no podía pensar en otra cosa más que en esas pesadas y brillantes monedas que ahora le pertenecían.

Unos días más tarde, al ponerse el sol, Rodan entró perplejo en la tienda de Maton, prestamista de oro y mercader de joyas y de telas exóticas. Sin fijarse en los atractivos artículos que estaban ingeniosamente dispuestos a ambos lados, cruzó la tienda y se dirigió a las habitaciones de la parte posterior. Encontró al hombre que buscaba, Maton, tendido en una alfombra y saboreando la comida que le había servido su esclavo negro.

-Me gustaría pediros consejo porque no sé qué hacer.

Rodan estaba de pie con las piernas abiertas y por debajo de la chaqueta de cuero entreabierta se adivinaba su pecho velludo.

La figura delgada y pálida de Maton le sonrió y le saludó con afabilidad.

-¿Qué necedades habrás cometido para venir a pedir los favores del prestamista de oro? ¿Has tenido mala suerte en el juego? ¿Acaso alguna mujer te ha desplumado hábilmente? Desde que te conozco, nunca has solicitado mi ayuda para resolver tus problemas.

No, no, nada de eso. No busco oro. He venido porque espero que puedas darme un sabio consejo.

-¡Escuchad, escuchad lo que dice este hombre! Nadie viene a ver al prestamista de oro para que le dé un consejo. Mis oídos me están jugando una mala pasada.

-Oyen correctamente.

-¿Cómo es posible? Rodan, el fabricante de lanzas, es más astuto que nadie. Por eso visita a Maton, no para pedirle que le preste oro, sino para pedirle consejo.

»Hay muchos hombres que vienen a pedirme oro para pagar sus caprichos pero no quieren que los aconseje. Pero, ¿quién mejor que el prestamista para aconsejar a los muchos hombres que acuden a él?

»Comerás conmigo, Rodan -continuó diciendo-. Esta noche, tú serás mi invitado. ¡Ando! ordenó a su esclavo negro, extiende una alfombra para mi amigo Ro dan, el fabricante de lanzas, que ha venido para que le aconseje. Será mi invitado de honor. Tráele mucha comida y el mejor vino para que se complazca en beber.

»Ahora, dime qué es lo que te preocupa.

-Se trata del regalo del rey.

-¿El regalo del rey? ¿El rey te ha hecho un regalo que te causa problemas? ¿Qué clase de regalo?

-Me dio cincuenta monedas de oro porque le gustó mucho el diseño de las nuevas lanzas de la guardia real y ahora estoy muy apurado.

»A cualquier hora del día me siento acosado por personas que querrían compartirlas conmigo.

-Es natural, hay muchos hombres que querrían tener más oro del que tienen y, que aquellos que lo obtienen fácilmente lo compartieran con ellos. Pero, ¿no puedes decirles que no? ¿No eres lo bastante fuerte como para defenderte?

-Hay muchos días que puedo decir que no pero otras veces es más fácil decir que sí. ¿Puede alguien negarse a compartir este dinero con su hermana a la que se siente muy ligado?

-Seguramente tu hermana no querrá privarte de la alegría de tu recompensa.

-Pero es por amor a su marido Araman, a quien ella desea ver convertido en un rico mercader.

»Cree que nunca ha tenido suerte y quiere que le preste el oro para que pueda convertirse en un próspero mercader y después devolverme el dinero con los beneficios.

-Amigo mío prosiguió Maton-. Este asunto que quieres discutir es muy interesante. El oro otorga a quien lo posee una gran responsabilidad y cambia su posición Social frente a los compañeros. Despierta el temor a perderlo o a ser engañado. Produce una sensación de poder y permite hacer el bien. Pero, en otras ocasiones, las buenas intenciones pueden causar problemas.

»¿Has oído hablar alguna vez del granjero de Nínive que era capaz de entender el lenguaje de los animales? No es el tipo de fábula que a los hombres les gusta contar en casa del herrero. Te la voy a contar para que aprendas que en el hecho de tomar prestado o de prestar, hay algo más que el paso del oro de una mano a otra.

»El granjero, que entendía lo que decían los animales entre ellos, todas las noches se paraba sólo para escuchar lo que hablaban. Una noche oyó al buey quejarse al asno de la dureza de su destino: «Arrastro el arado desde la mañana hasta la noche. Poco importa que haga calor, que esté cansado o que la yunta me irrite el cuello, igualmente tengo que trabajar. En cambio, tú eres una criatura hecha para el ocio. Decorado con una manta de colores, no tienes otra cosa que hacer que llevar a nuestro amo adonde desee ir. Cuando no va a ninguna parte, descansas y paces durante todo el día.»

»El asno, a pesar de sus peligrosos cascos, era de naturaleza buena y simpatizaba con el buey. «Amigo mío, respondió, trabajas mucho y me gustaría aliviar tu suerte. Así que, voy a contarte cómo puedes tener un día de descanso. Por la mañana, cuando venga a buscarte el esclavo para la labranza, tiéndete en el suelo y empieza a mugir sin cesar para que diga que estás enfermo y—que no puedes trabajar.»

»Entonces, el buey siguió el consejo del asno y a la mañana siguiente, el esclavo se dirigió a la granja y le dijo al granjero que el buey estaba enfermo y que no podía arrastrar el arado.

»»En este caso, dijo el granjero, unce al asno pues igualmente hay que labrar la tierra.»

»Durante todo el día, el asno que solamente había querido ayudar a su amigo, se vio forzado a hacer el tra­bajo del buey. Por la noche, cuando lo desengancharon del arado, tenía el corazón afligido, las piernas cansadas y le dolía el cuello porque la yunta se lo había irritado.

»El granjero se acercó al corral para escuchar.

»El buey empezó primero. «Eres un buen amigo. Gracias a tu sabio consejo, he disfrutado de un día de des­canso.»

»»En cambio yo, replicó el asno, soy un corazón compasivo que empieza por ayudar a un amigo y termina por hacer su trabajo. A partir de ahora, tú arrastrarás tu propio arado porque he oído que el amo decía al esclavo que fuera a buscar al carnicero si todavía seguías enfermo. Espero que lo haga porque eres un compañero perezoso.»

»Nunca más se hablaron. Allí terminó su amistad.

»Rodar, ¿puedes explicarme la moraleja de esta fábula?

-Es una buena fábula -respondió Rodar-, pero yo no veo la moraleja.

No pensaba que fueras a descubrirla. Pero hay una y muy simple: si quieres ayudar a tu amigo, hazlo de for­ma que luego no recaigan sobre ti sus responsabilidades.

No se me había ocurrido eso. Es una moraleja muy sabia. No deseo cargar con las responsabilidades de mi hermana y de su marido. Pero dime, tú que prestas dinero a tanta gente: ¿acaso los que te piden dinero prestado no te lo devuelven?

-Maton sonrió con el gesto que permite la experiencia. ¿Acaso sería un buen préstamo si no me lo devolvie­ran? ¿No crees que e1 prestamista tiene que ser lo suficientemente listo como para juzgar con precaución si el oro que presta será de utilidad para el que lo pide prestado y después le será devuelto, o si el oro se desperdiciará inútilmente y dejará al que lo ha pedido abrumado por una deuda que nunca podrá devolver?

»Voy a enseñarte las monedas que tengo en mi cofre y voy a dejar que te cuenten algunas historias. Llevó a la habitación un cofre tan largo como su brazo, cubierto con piel de cerdo roja y adornado con figuritas de bronce. Lo depositó en el suelo y se agachó delante de él, con las dos manos colocadas encima de la tapa.

-Exijo una garantía de cada persona a quien presto dinero y la dejo en el cofre hasta que me devuelven el dinero. Cuando lo hacen, se la devuelvo pero si no lo hacen, este depósito me recordará siempre a aquél que me ha traicionado.

»El cofre me demuestra que lo más seguro es prestar dinero a aquellos cuyas posesiones tienen más valor que el oro que desean que les preste. Tienen tierras, joyas, camellos u otros objetos que se pueden vender como pago del préstamo. Algunas de las prendas que me dan tienen más valor que el préstamo. Con otras, prometen entregarme una parte de sus propiedades como pago si no lo devuelven. Gracias a esta clase de préstamos, me aseguro de que me devolverán el oro con intereses ya -que el préstamo se basa en el valor de las propiedades.

»Hay otra categoría de personas que piden dinero prestado: los que pueden ganar dinero. Son como tú, trabajan o sirven y se les paga. Cuentan con unos ingresos, son honestos y no tienen mala suerte. Sé que ellos tam­bién pueden devolver el oro que les presto y los intereses a los que tengo derecho. Estos préstamos se basan en el esfuerzo humano.

»Los otros son los que no poseen propiedades ni tampoco ganan dinero. La vida es dura y siempre habrá gente que no podrá adaptarse. Mi cofre podría reprocharme más tarde que les prestara dinero aunque sea menos que un céntimo, a menos que buenos amigos del que me ha pedido el dinero me garantizaran su devolución.

Maton soltó el cerrojo y abrió la tapa. Rodan se acercó a mirar con curiosidad.

Había un collar de bronce encima de una tela de color escarlata. Maton tomó la joya y la acarició con cariño.

-Esta prenda siempre estará en mi cofre porque su propietario está muerto. La conservo cuidadosamente y me acuerdo mucho de él porque era un buen amigo. Hicimos muy buenos negocios juntos hasta que trajo a una mujer del Este, que no se parecía en nada a nuestras mujeres, con la que se casó. Una criatura deslumbrante. Malgastó todo su oro para colmar todos los deseos de ella. Cuando ya no le quedaba más oro, acudió a mí, angustiado. Le aconsejé. Le dije que le ayudaría una vez más a dirigir sus negocios. Juró por el signo del Gran Toro que retomaría las riendas de sus asuntos. Pero eso no ocurrió.

Durante una pelea, aquella mujer le hundió un cuchillo en el corazón, del mismo modo que él le había desa­fiado a que hiciera.

-¿Y ella…? -preguntó Rodan.

-Sí, este collar era suyo.

Maton cogió la bella tela color escarlata.

-Presa de amargos remordimientos, se lanzó al Éufrates. Nunca me devolverán estos dos préstamos. El cofre te explica, Rodan, que los que piden dinero prestado y son muy apasionados, constituyen un gran riesgo para el prestamista de oro.

»Ahora te voy a contar otra historia diferente.

Buscó un anillo esculpido en un hueso de buey.

-Esta joya pertenece a un granjero. Yo compro las alfombras que sus mujeres tejen. Los saltamontes devastaron sus cosechas y sus trabajadores no tenían nada que comer. Le ayudé y a la cosecha siguiente, me devolvió el dinero. Más tarde volvió a visitarme y me dijo que un viajante le había hablado de unas extrañas cabras que había en unas tierras lejanas. Tenían el pelo tan suave y fino que sus mujeres podrían tejer las alfombras más be­llas que se hubieran visto jamás en Babilonia. Quería poseer ese rebaño pero no tenía dinero. Así que le presté el oro necesario para el viaje y la compra de las cabras. Ahora ya tiene su rebaño y el año que viene, voy a sorprender a los amos de Babilonia con las alfombras más caras que nunca hayan tenido la oportunidad de comprar. Pronto le devolveré el anillo. Insiste en devolverme el dinero rápidamente.

-¿Acaso hay personas que piden dinero prestado que hacen esto? -inquirió Rodan.

-Si me piden dinero con el fin de ganarlo, lo adivino y acepto prestarlo. Pero si lo hacen para pagarse sus caprichos, te advierto que seas prudente si quieres recobrar el oro.

-Cuéntame la historia de esta joya -pidió Rodan mientras tomaba con sus manos un brazalete de oro in­crustado de extraordinarias piedras.

-Te interesan las mujeres, amigo mío bromeó Maton.

-Soy bastante más joven que tú -replicó Rodan.

-De acuerdo, pero esta vez te imaginas un romance donde no lo hay. La propietaria es gorda y está arrugada y habla tanto para decir tan poco que me enoja. Antaño tenía mucho dinero y su hijo y ella eran buenos clientes pero el tiempo les trajo desgracias. Le hubiera gustado hacer de su hijo un mercader. Un día vino a mi casa y me pidió dinero prestado para que su hijo pudiera asociarse con el propietario de una caravana que viajaba con sus camellos y trocaba en una ciudad lo que compraba en otra.

»El hombre demostró ser un canalla porque dejó al pobre chico en una ciudad lejana sin dinero y sin amigos, tras abandonarlo mientras dormía. Quizá cuando sea adulto, me devolverá el dinero. Desde entonces, no recibo ningún interés por el préstamo, sólo palabras vanas. Pero reconozco que las joyas valen el préstamo.

-¿Y esta mujer, te pidió algún consejo sobre este préstamo?

Al contrario, se imaginó que su hijo era un hombre poderoso y rico de Babilonia. Sugerirle lo contrario la hubiera enfurecido. Solamente tuve derecho a una reprimenda. Sabía que corría un riesgo porque su hijo era inexperto pero como ella ofrecía la garantía, no pude negarle el préstamo.

-Esto -continuó Maton mientras agitaba un pedazo de cuerda anudado- pertenece a Nebatur, el comerciante de camellos. Cuando compra un rebaño que cuesta más de lo que él posee, me trae este nudo y yo le hago un préstamo según sus necesidades. Es un comerciante muy listo. Confío en su juicio y puedo prestarle dinero tranquilamente. Muchos otros mercaderes de Babilonia también gozan de mi confianza porque su conducta es honrada.

»Los objetos que me entregan en depósito entran y salen regularmente del cofre. Los buenos mercaderes for­man un activo en nuestra ciudad y para mí, es beneficioso ayudarles a mantener vivo el comercio para que Babilonia sea próspera.

Maton tomó un escarabajo esculpido en una turquesa y lo lanzó desdeñosamente al suelo.

-Es un insecto de Egipto. A1 joven que posee esta piedra no le importa demasiado que algún día yo recupere el oro. Cuando se lo reclamo, me responde: «¿cómo puedo devolverte el dinero si la desgracia se cierne sobre mí? ¡Tienes a otros!»

»¿Qué puedo hacer? El objeto pertenece a su padre, un hombre valeroso pero que no es rico y que empeñó sus tierras y su rebaño para ayudar a su hijo en sus empresas.

»Al principio el joven tuvo éxito y luego empezó a estar muy ansioso por enriquecerse.

»Por culpa de su inexperiencia, sus tentativas se fueron al traste.

»Los jóvenes son ambiciosos. Les gustaría conseguir rápidamente las riquezas y las cosas deseables que aporta. Para asegurarse una fortuna rápida, piden dinero prestado con imprudencia.

»Como es su primera experiencia, no pueden comprender que una deuda que no sea devuelta es como un agujero profundo al que podemos descender rápidamente y en el que podemos debatirnos en vano durante mucho tiempo. Es un agujero de penas y lamentos donde la luz del sol se ensombrece y la noche perturba un sueño agitado. Pero no desaconsejo que se preste dinero. Animo a que se haga. Lo recomiendo en el caso de que se haga con una finalidad buena. Yo mismo tuve mi primer gran éxito como mercader con dinero que me habían prestado.

»Pero, ¿qué debe hacer un prestamista en un caso así? El joven ha perdido la esperanza y no hace nada. Se ha desanimado. No se esfuerza por devolver el dinero. Y yo no quiero despojar a su padre de sus tierras y de su ganado.

-Me has contado muchas historias interesantes pero no has contestado a mi pregunta. ¿Debo o no debo pres­tar las cincuenta monedas de oro a mi hermana y a su marido? ¡Tienen tanto valor para mí!

-Tu hermana es una mujer valiente y le tengo mucha estima. Si su marido viniera a verme para pedirme cincuenta monedas de oro, le preguntaría para qué iba a emplearlas.

»Si me contestara que quiere hacerse mercader como yo y tener una tienda de joyas y de muebles, le diría: «¿conoces este oficio? ¿sabes dónde se puede comprar barato?».

»¿Acaso podría responder afirmativamente a todas estas preguntas?

No, no podría -admitió Rodan-. Me ayudó mucho a fabricar lanzas y también ayudó en otras tiendas.

-Entonces, le diría que su objetivo no es sensato. Los mercaderes tienen que aprender su oficio. Su ambición, más que encomiable, no es lógica y por lo tanto, no le prestaría dinero.

»Pero supongamos que dice: «Sí, ayudé mucho a los mercaderes. Sé cómo ir a Esmirna para comprar a bajo precio las alfombras que las mujeres tejen. Además, conozco a los ricos de Babilonia a quien puedo vender y así obtener grandes beneficios.»

»Entonces, le diría: «Tu objetivo es sensato y tu ambición digna. Me alegraré de prestarte las cincuenta monedas de oro si me aseguras que me las devolverás.»

»Pero si dijera: «Lo único que os puedo asegurar es que soy un hombre de honor y que os devolveré el dinero.»

»Entonces, le respondería que cada moneda de oro es muy valiosa para mí. Si los ladrones te quitan el dinero de camino a Esmirna o te arrebatan las alfombras a la vuelta, no tendrás medios para pagarme y habré perdido mi oro.

»Como ves, Rodan, el oro es la mercancía del prestamista. Es fácil prestarlo. Si se presta con imprudencia, es difícil de recuperar. Una promesa es un riesgo que un prestamista prudente desdeña, y prefiere la garantía de una devolución asegurada.

»Es bueno prosiguió- ayudar a los que lo necesitan, ayudar a los que no tienen suerte. Está bien ayudar a los que empiezan para que prosperen y se conviertan en buenos ciudadanos. Pero la ayuda debe ser sensata porque si no, igual que el asno de la granja deseoso de ayudar, cargaremos con un peso que pertenece a otro.

»Sigo alejándome de tu pregunta, Rodan, pero escucha mi respuesta: guarda tus cincuenta monedas de oro. Son la justa recompensa de tu trabajo y nadie puede obligarte a compartirlas, a menos que lo desees. Si quisieras prestarlas para que te dieran más oro, deberías hacerlo con precaución y en sitios distintos. No me gusta ni el oro que duerme ni tampoco los grandes riesgos.

»¿Cuántos años has trabajado como fabricante de lanzas?

-Tres años.

-¿Además del regalo del rey, cuánto dinero has ahorrado?

-Tres monedas de oro.

-¿O sea, que cada año que has trabajado, te has privado de cosas buenas para ahorrar una moneda de tus ganancias?

-Así es.

-Entonces, ¿quizás privándote de las cosas buenas podrías ahorrar cincuenta monedas de oro en cincuenta años?

-Sería el fruto de toda una vida.

-¿Y crees que tu hermana arriesgaría los ahorros de tus cincuenta años de trabajo para que su marido diera los primeros pasos como mercader?

-No, visto de este modo, no.

-Entonces, ve a verla y dile: «He estado tres años trabajando todos los días de la mañana a la noche, excepto en los días de ayuno y me he privado de muchas cosas que deseaba ardientemente. Por cada año de trabajo y de abnegación, he conseguido una moneda de oro. Eres mi hermana predilecta y deseo que tu marido emprenda un negocio donde pueda prosperar mucho. Si puede presentarme un plan que a mi amigo Maton le parezca sensato y realizable, entonces le prestaré gustosamente mis ahorros de un año entero para que tenga la oportunidad de demostrar que puede tener éxito.»

»Haz lo que te digo y si tiene talento para triunfar, tendrá que demostrarlo. Si falla, no te deberá más que lo que espera devolverte algún día.

»Soy prestamista de oro porque tengo más oro del que me hace falta para comerciar.

»Deseo que mi excedente de oro trabaje para los demás y así me aporte más oro. No me quiero arriesgar a perder mi oro porque he trabajado mucho y me he privado de muchas cosas para ahorrarlo. Así que no voy a prestarlo a quien no merezca mi confianza y me asegure que me será devuelto. Tampoco lo prestaré si no estoy convencido que los intereses de este préstamo me serán devueltos rápidamente.

»Te he contado, Rodan, algunos secretos de mi cofre. Estos’ ~ secretos te han revelado las debilidades de los hombres y su ansiedad por pedir dinero prestado aunque no siempre tengan los medios seguros para devolverlo.

Con estos ejemplos, te darás cuenta de que a menudo, la gran esperanza de estos hombres sería adquirir grandes ganancias si tuvieran dinero y que simplemente se trata de falsas esperanzas porque no tienen ni la habilidad ni la experiencia necesarias para realizarlas.

»Ahora tú, Rodan, posees el oro que podría producirte más oro. Estás muy cerca de convertirte, como yo, en un prestamista de oro. Si conservas tu tesoro, te aportará generosos intereses; será una fuente abundante de placeres y será provechoso para el resto de tus días. Pero, si lo dejas escapar, será una fuente tan constante de penas y lamentos que nunca lo olvidarás.

»¿Qué es lo que más deseas para el oro que contiene tu bolsa de cuero?

-Guardarlo en un lugar seguro.

Has hablado con sensatez -respondió Maton en tono de aprobación. Tu primer deseo es la seguridad. ¿Crees que bajo la custodia de tu cuñado estará seguro y al abrigo de cualquier pérdida?

-Me temo que no porque no es prudente en su forma de guardar el oro.

-Entonces, no te dejes influir por los estúpidos sentimientos hacia cualquier persona que te llevan a confiar tu tesoro. Si quieres ayudar a tu familia o a tus amigos, encuentra otros medios que no sean arriesgarte a perder tu tesoro. No te olvides de que el oro escapa inesperadamente a los que no saben guardarlo. Ya sea por extravagancia

o dejando que los otros lo pierdan por ti. »Después de la seguridad, ¿qué es lo que más deseas para tu tesoro? -Que me produzca más oro. -Vuelves a hablar con sensatez. Tu oro tiene que darte ganancias y aumentar. El dinero que se presta

sabiamente puede incluso duplicarse antes de que te hagas viejo. Si te arriesgas a perder tu dinero, también te arriesgas a perder todo lo que te pueda reportar.

»Así que no te dejes influir por los planes fantásticos de hombres imprudentes que piensan que saben la forma de hacer que tu oro produzca extraordinarias ganancias. Son planes forjados por soñadores inexpertos que no conocen las leyes seguras y fiables del comercio. Sé conservador en cuanto a las ganancias que el oro pueda producirte y en cuanto a lo que puedes ganar y así saca partido de tu tesoro. Invertir el oro contra una promesa de ganancias usureras es ir a perderlo.

Intenta asociarte con hombres hábiles y emprender negocios cuyo éxito esté asegurado para que tu tesoro salga ganando y esté en lugar seguro gracias a vuestra astucia y experiencia.

»De este modo, evitarás las desgracias que acompañan a la mayoría de los hijos de los hombres a quienes Dios confía el oro.

Cuando Rodan quiso agradecerle su sabio consejo, éste no le escuchó y dijo: «El regalo del rey te procurará mucha sabiduría. Si guardas las cincuenta monedas de oro, tendrás que ser discreto. Tendrás tentaciones de invertir en muchos proyectos. Te darán muchos consejos. Tendrás muchas oportunidades de obtener grandes beneficios. Antes de prestar ninguna moneda de oro, tienes que asegurarte de que te será devuelta. Si quieres más consejos, vuelve a visitarme. Te los daré gustosamente.»

»Antes de irte, lee lo que grabé en la tapa del cofre. Se puede aplicar tanto al prestamista como al que pide el dinero prestado.

Vale más prevenir que curar