Durante uno de los muy frecuentes períodos de la historia reciente en los que el clima para los negocios fue especialmente difícil, algún gracioso sostuvo que la única forma segura de encarrilar con seguridad una pequeña empresa era iniciar una grande y reducirla hasta el tamaño ideal. Desde luego es una manera de empezar pero incluso como chiste no tiene sentido. Las pequeñas empresas no tienen casi nada en común con las grandes. Y el hecho de que alguien, quizá tú mismo, haya trabajado en una grande, no importa con cuánto éxito, no es garantía de que pueda repetir esa victoria en el mundo de la pequeña empresa. Las empresas grandes generalmente tienen bolsillos muy hondos, e incluso si esos bolsillos no están siempre llenos de dinero, con tantos años de funcionamiento a su favor, generalmente pueden obtener crédito de sus proveedores. Si todo lo demás falla, pueden apelar a sus accionistas o acudir a la bolsa de valores (opciones con las que el propietario de una empresa pequeña apenas puede soñar). El jefe de una empresa grande tiene legiones de empleados dedicados a investigar y analizar el mercado o a hacer esas mil y una tareas tediosas como la de mantener la contabilidad al día. Por el contrario, el fundador de un pequeño negocio tiene que trabajar hasta medianoche haciendo él mismo todo el trabajo. Además, puede que también tenga que madrugar para entregar pedidos a sus clientes y así estar seguro de cumplir sus plazos. El director de una gran empresa tiene chófer y viaja en primera clase porque al fin y al cabo no posee gran parte de las acciones, de modo que por frugal que sea no se va a enriquecer más. El dueño de una pequeña empresa, por el contrario, pierde su dinero cada vez que un empleado hace un viaje de negocios o invita a un cliente a almorzar, a menos que ese viaje o ese almuerzo generen más negocio. La cuestión que distingue a un propietario de un empleado es la siguiente: ¿Si fuera tu dinero, lo gastarías en ese viaje o en ese almuerzo? Siete de cada diez veces la respuesta es: jamás, con mi dinero, no.

Definir “pequeña empresa”

No es fácil definir qué es una pequeña empresa. En general, la gente utiliza esta expresión para referirse a negocios gestionados por una persona, como tiendas, consultorías y restaurantes, y solemos aplicar el término de gran empresa a gigantes como IBM, General Motors, Shell o Inditex. Pero entre esos dos extremos existen negocios que pueden ser considerados grandes o pequeños según el criterio con que se midan y la dimensión que se tenga en cuenta. Desde el año 2003 en España existe una definición de pyme comúnmente aceptada que intenta concretar un término en el que caben empresas de tamaños tan dispares. Así, en un extremo de la definición de pyme estarían las de menor tamaño, las micropymes, término que se refiere a negocios de hasta diez empleados y una facturación de hasta dos millones de euros. Les siguen en el ranking las pequeñas empresas, negocios con un máximo de 50 trabajadores y un volumen de negocio de hasta diez millones de euros. Y en el nivel superior, las medianas, con 250 trabajadores y 50 millones de facturación. Como se puede ver, la distancia entre unas y otras es enorme. Desde un punto de vista práctico, la única razón para preocuparse por el tamaño, edad o sector de una empresa es lo que esos factores impliquen en cuanto a apoyo o coacción. El Gobierno, por ejemplo, puede ofrecer subvenciones o imponer gravámenes basados en esos factores. Un negocio cuyo volumen de ventas anuales sea demasiado pequeño, digamos menos de 20 000 euros, puede reportar cuentas mucho más sencillas que otro más grande.

Análisis del perfil del emprendedor

Las estadísticas sobre las pequeñas empresas suelen ser bastante precisas. El Gobierno recoge y analiza la información básica de las empresas que abren (y cierran) en cada área geográfica, el tipo de actividad de cada una y el número de empleados. Los estudios periódicos permiten ver mejor la forma en que se financian las pequeñas empresas o cómo muchos de sus beneficios provienen de mercados extranjeros. Al margen de los informes oficiales, los “datos” comienzan a ser vagos y la información emana de estudios informales de bancos, de instituciones académicas o de otros individuos o instituciones que pueden tener un interés particular en la forma en que se presenta la información. Uno de los informes más completos sobre la actividad emprendedora es el Global Entrepreneurship Monitor (Informe GEM) que publica desde el año 1999 el Instituto de Empresa. El informe recoge información de 59 países de todo el mundo y realiza un análisis minucioso de la actividad emprendedora en España, del número de proyectos empresariales en sus distintas fases, sus fuentes de financiación, perspectivas de crecimiento, perfil del emprendedor, etc. El deseo de iniciar un negocio no está igualmente compartido a lo largo y ancho de la población. Ciertos factores como el área geográfica, la edad, el nivel de formación y otros, como la actual crisis económica, influyen, sin duda, sobre el número de aperturas en un determinado momento. En las siguientes secciones se analizan algunos de esos factores.

Convierte tu edad en un activo En situaciones de estabilidad económica, el perfil del emprendedor en España es el de una persona de mediana edad, que inicia el negocio porque ve una buena oportunidad más que por necesidad. Sin embargo, la crisis económica está trastocando esta realidad, tal y como refleja el informe GEM 2010, en el que el perfil del emprendedor es más joven que antes (de entre 25 y 34 años) y emprende más por necesidad (si en el 2009 quienes lo hacían por esta razón apenas suponían un 15 % de los nuevos proyectos en el 2010 esta cifra se elevó al 25 %). Hay que señalar, no obstante, que las oportunidades para emprender no se han reducido al mismo ritmo al que crece la necesidad. Así, si en el 2009 el 80 % de las iniciativas emprendedoras respondían a una oportunidad, en el 2010 este grupo representaba un 73 %. Cayó siete puntos la percepción de oportunidades, pero la cifra sigue siendo muy alta. Estos datos reflejan dos realidades incuestionables de lo que es montar un negocio. Una, que la iniciativa emprendedora aumenta entre los más jóvenes debido a la falta de expectativas profesionales. Y dos, que en toda crisis siempre hay una oportunidad. Y generalmente las empresas que triunfan en el mercado son las que responden a esta última motivación, más que a la primera.
Buscar ubicación En las ciudades grandes y sus áreas metropolitanas se inician muchos más negocios que en las de provincias. Por decir lo menos, seguro que te sentirás mucho más solo, como empresario, en Extremadura o en León de lo que te sentirías en Madrid, Barcelona o Valencia.

Sin embargo, parece que en estas zonas menos activas las posibilidades de que una empresa sobreviva son mejores que en las grandes ciudades, donde el índice de supervivencia es más bajo.

Abrir el negocio a las mujeres

El 36,4 % de las empresas creadas en España en 2010 tenían detrás una mujer. Aunque el espíritu emprendedor ha ido en aumento en los últimos años entre el sexo femenino, la crisis económica ha afectado especialmente a este colectivo y ha reducido su peso en la actividad empresarial. En concreto seis puntos desde el 2008. Existen diversas organizaciones de emprendedoras, como la Asociación Española de Mujeres Empresarias (www.aseme.es), a las que las mujeres que quieran iniciar su propia empresa pueden dirigirse para informarse mejor sobre la ayuda y asesoría disponibles.

Trabajar por cuenta propia, un término equivalente a iniciar un negocio, tiende a ser una alternativa para mujeres de mediana edad, pues la mayoría inician negocios pasados los 35 años. Las mujeres que trabajan por su cuenta todavía tienen generalmente niños en casa (felicidades a esas supermadres) y muchas están en eso precisamente porque tienen obligaciones hogareñas. En la mayoría de los casos, trabajar por cuenta propia permite horarios más flexibles que un empleo de 9 de la mañana a 6 de la tarde.

Comprender que se necesita preparación

Un mito popular sentencia que el campo empresarial está dominado por hombres poco instruidos. La evidencia anecdótica parece proporcionar suficientes ejemplos de hombres que abandonaron la escuela secundaria o la universidad y que respaldan la teoría de que la educación es innecesaria, tal vez incluso un estorbo, para montar un negocio. Al fin y al cabo, si Bill Gates y Richard Branson pudieron arreglárselas sin una formación superior, no debe ser tan esencial. Sin embargo, la realidad presenta un cuadro diferente y en tiempos de crisis, la formación parece ser directamente proporcional a las oportunidades de emprender. Así, según el informe GEM, en el 2007 el número de emprendedores españoles con estudios elementales representaban el 49 %, mientras que en el 2010 esta cifra se redujo al 26,5 %. Un individuo formado es más capaz de identificar brechas en el mercado o de entender las nuevas tecnologías. De modo que si estás todavía en la etapa de estudiante, continúa. Después de todo, una de las características clave de los que inician negocios con éxito es la persistencia y la habilidad de llevar las cosas a feliz término. Mira el capítulo 3 para más detalles sobre habilidades para emprender.